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Publicado en 11:20 sobre 3-feb-2010
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GRUPO CLIMOR E-mail: info@grupoclimor.com Web: www.grupoclimor.com ------------------------------------------------
Él, un niño de 8 años, le encantaba estar con su abuelo.
Con su abuelo jugaba, reía pero sobre todo y sin darse cuenta, aprendía.
En una ocasión, ese niño de 8 años se encontraba con su abuelo/mentor en el almacén de la pequeña tienda familiar. Era este un lugar mágico para el niño donde aprendió pequeñas-grandes cosas.
Sonó la campanilla colgada de la puerta de entrada a la tienda; señal inequívoca de que alguien había llegado.
El niño salió corriendo para ver quién era; detrás, su abuelo con la parsimonia y tranquilidad que sólo dan los años.
En el centro de la tienda se hallaba el cartero que, con gesto serio (más bien solemne), dijo al abuelo: Le traigo un telegrama.
Corrían los años 60 en España y el telégrafo no era un medio usual de comunicación.
El abuelo, con la misma tranquilidad, dio las gracias al cartero mientras firmaba el oportuno recibí.
Después los dos, niño y abuelo, volvieron a la trastienda.
El abuelo abrió un cajón de una pequeña mesa de escritorio y arrojó el telegrama dentro.
-¿Seguimos jugando? -dijo al niño con una sonrisa.
-Abuelo, ¿no vas a abrir el telegrama? Seguro que es algo urgente -respondió el niño sorprendido.
-Sí, para quien lo ha enviado -dijo el abuelo.
Moraleja:
Cada uno de nosotros decide sus prioridades; qué es urgente, qué importante y en qué medida.
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Él, un niño de 8 años, le encantaba estar con su abuelo.
Con su abuelo jugaba, reía pero sobre todo y sin darse cuenta, aprendía.
En una ocasión, ese niño de 8 años se encontraba con su abuelo/mentor en el almacén de la pequeña tienda familiar. Era este un lugar mágico para el niño donde aprendió pequeñas-grandes cosas.
Sonó la campanilla colgada de la puerta de entrada a la tienda; señal inequívoca de que alguien había llegado.
El niño salió corriendo para ver quién era; detrás, su abuelo con la parsimonia y tranquilidad que sólo dan los años.
En el centro de la tienda se hallaba el cartero que, con gesto serio (más bien solemne), dijo al abuelo: Le traigo un telegrama.
Corrían los años 60 en España y el telégrafo no era un medio usual de comunicación.
El abuelo, con la misma tranquilidad, dio las gracias al cartero mientras firmaba el oportuno recibí.
Después los dos, niño y abuelo, volvieron a la trastienda.
El abuelo abrió un cajón de una pequeña mesa de escritorio y arrojó el telegrama dentro.
-¿Seguimos jugando? -dijo al niño con una sonrisa.
-Abuelo, ¿no vas a abrir el telegrama? Seguro que es algo urgente -respondió el niño sorprendido.
-Sí, para quien lo ha enviado -dijo el abuelo.
Moraleja:
Cada uno de nosotros decide sus prioridades; qué es urgente, qué importante y en qué medida.
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